17 sept. 2008

¿Quienes son los asesinos?

Por: Alejandro Esparza Farías y Espinosa.

Pensar en la posibilidad de que en México exista la Pena de Muerte, nos provoca nauseas. Un país que la promulga está definitivamente condenado a convertirse en intolerante. No se trata de definir que los criminales o la delincuencia son crueles, eso ya lo sabemos. Se trata de no responder con la misma piedra ante una circunstancia que a la sociedad mexicana la está rebasando. No es posible pretender convertirnos en criminales ya que no es la función de una sociedad sana ser aquello que rechaza, pues entonces no lo está rechazando, sino que se está convirtiendo en lo mismo. Si damos cabida a la intolerancia, entonces debemos dejar de festejar nuestra Independencia. Justo el día en que el país celebraba esta fecha tan importante, los medios masivos de comunicación en particular la estación Imagen F.M., a través del titular de su noticiero matutino, Pedro Ferriz de Con, promulgaba al mismo tiempo la Pena de Muerte en nuestro país. Es un absurdo, por un lado un comunicador debe ser responsable de las palabras que dice cuando está al aire, es un líder de opinión. Por medio de estas propuestas, Ferriz de Con no solamente falla la ética elemental de un periodista impecable, que debe ser imparcial, sino que alborota las voluntades y transgrede sus funciones.

México ha defendido siempre la vida ajena, desde la formulación de su criterio de no intervención, la Doctrina Estrada y su programa de desarme, a votado por la buena voluntad y la paz. Ciertamente que el país está sufriendo las ondas agrias de una delincuencia organizada que no perdona vidas y mucho menos respeta al ciudadano común, más sin embargo, no se debe sucumbir ante semejante provocación. Hay un aspecto de fondo al que hay que analizar y este parte de nuestra cultura y educación. El país de hecho, carece de una educación profunda, adecuada, la gente tiende con demasiada frecuencia a evadir su responsabilidad social y prefiere por lo general atacar al prójimo. Somos discriminatorios por naturaleza, y esa es una tendencia de la gente, que carece del sentido de humanismo, siendo ella misma humanidad. Por un lado es incongruente que el Gobierno demerite su misión, restándole recursos a aquello que nos hace más humanos; La Educación en primer lugar. Posterior a ello, es obvio que si no existe empleo y fuentes de empleo, si existe pobreza y hambre, si no hay cultura y si las generaciones de ciudadanos mexicanos no se están formando en un aula responsable del futuro idiosincrásico de cada uno, la tendencia de la estructura social se va a descomponer, la gente delinquirá y se convertirá peor que en analfabeta, puesto que el analfabetismo no implica solamente no saber leer o escribir, sino pensar y ser inteligente. Comete entonces el gobierno en esto el primer error, pues le quita presupuesto a los rubros más básicos de cualquier nación, insisto; Educación, Empleo, Cultura, Civilidad.

Marca ya un retroceso injusto el promulgar entonces una pena de muerte para cualquier mexicano. Transgrede la elemental convivencia, nadie, absolutamente nadie tiene el derecho a quitarle la vida a nadie. Si la delincuencia y los criminales no lo comprenden puesto que es su modus operandi, la Sociedad está obligada a comprender esto. No puede ni debe un ciudadano juzgar a un prójimo al grado de pretender arrebatarle la existencia. ¿Quiénes son los asesinos, entonces?.

Una señora habló telefónicamente con un frenesí absoluto respaldando la propuesta, ¿qué le pasa a esa mujer?, seguramente la ofende como a mí tanta muerte cotidiana, asesinatos arteros y crueles que demuestran la podredumbre mental y emocional en que está sumergido nuestro México. Pero si la gente se aísla de cualquier fenómeno. El día que me asaltaron en la Ciudad de México, a pleno mediodía, todos los transeúntes escaparon de cualquier defensoría, y la patrulla apostada en la esquina siguiente al sitio, ni se quizo percatar de la situación, más bien se dijo, “siempre son cómplices”. ¿Ha defendido Usted algún día a otro ser humano?. Yo lo hice alguna vez en Monterrey contra el abuso policíaco en contra de un tipo, ¿sabe que virtud me merecí?, el ser encarcelado por pretender defender los derechos ultrajados de ese ciudadano al que traían de las greñas. Sin embargo lo volvería a hacer sin dudarlo un instante. No soy ni mucho menos un proto tipo a seguir o imitar, mejor escape si le es posible de ese compromiso. Pero no pretendamos ofender por una ofensa, porque la situación es muy simple; ¿Quiénes son los asesinos?. Yo no. Lo son ellos, los delincuentes, los criminales, los que portan el sobre nombre de escorias humanas. Yo soy un ciudadano dedicado en la medida de lo posible a trabajar en lo que hago; la cultura y el arte. No me defino indiferente ante la situación que nos agravia, solicito una respuesta más inteligente centrada en los valores del respeto y la libertad, el humanismo engendra humanidad y a la viceversa. Yo no estoy a favor de este tipo de leyes, ni mucho menos en esas medidas gubernamentales de apostar por un frontalidad absoluta en contra de la delincuencia, que los persigan, los castiguen en la medida de las facultades correspondientes. Pero que no quieran abrir un pozo para tapar otro, puesto que así lo están haciendo. Cuando los masones Víctor Hugo y Benito Juárez establecieron que El “Respeto al Derecho Ajeno es la Paz”, seguramente se referían también a la vida, puesto que tal vez la vida sea un derecho inalienable. Nadie está por encima de los demás. No se le puede responder a la delincuencia con delincuencia. Matar al otro porque él me mata, es cuestión de voluntad, principios, moral y virtudes. También es cuestión de ética. La Ley del Talión en estas épocas en que la humanidad a dicho que quisiera elevarse es un mal síntoma de este país al que pertenezco. Ciertamente, habrá que encontrar las soluciones a nuestras arrogancias, ese es un compromiso de la humanidad. Pero no se parte a través de condenas que lo único que hacen en todo caso y según lo veo, es provocar mayormente a quienes se dedican a establecer el crimen como forma de gobierno y de vida nacional. Dudo que las aspiraciones de Miguel Hidalgo estuvieran basadas en estos pensamientos cuando él mismo ofrendó su vida por la libertad de nuestra patria. Dudo que Juárez, Madero o Carranza hubieran elegido azotar de tal manera a nuestras conciencias. Posiblemente lo que yo opine a pocos les interesará, más sin embargo, ante una situación así, verdaderamente me arrepentiré de ser un Mexicano. NO A LA PENA DE MUERTE. Para finalizar, le respondo a nuestro apreciado Gobernador del Estado: si en Coahuila Usted no discrimina, olvidemos el asunto de esta condena, porque es indudablemente una gran lección de discriminación a propósito de establecer un buen gobierno.

(Espero que Alejandro Esparza no tenga ningún problema con que haya reproducido su texto aquí).

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