14 ene. 2010

Ahora, un bonito recuerdo del Tec Saltillo

En la carrera tuve un profe de metrología que olía a caca. Literalmente. Apestaba a caca. Cuando uno se le acercaba era imposible no sospechar que alguna traviesa ventosidad le había salido con regalito, como luego dicen, dotándolo de un olor (extraño y familiar a la vez, como todas las cacas y los pedos ajenos) que lo acompañaba a todos lados como un aura indeseable.

Y como si no le bastara compartir con nosotros el olor de sus desperdicios fisiológicos, era un corrupto. Recuerdo haberme ido a exámenes extraordinarios con este especimen que ahora nos ocupa. ¿Por qué me fui a extraordinario? Porque la clase era aburridísima y me daba una hueva increíble dedicarle tiempo a algo que no me gustaba. Porque, por otro lado, dicha clase me parecía aturdidoramente fácil. Por lo que tomé la decisión más sabia de dicho semestre: pasármela relajado durante el mismo y limitarme a presentar exámen extraordinario al final, con el que seguramente pasaría con un 9 o un 10.

El día de presentar el dichoso exámen llegó y lo primero que nos dice el profe a los tres o cuatro alumnos que estábamos ahí fue "no van a pasar chavos". "Puta, salió psíquico este profe, está viendo el futuro cercano". Ah, qué psíquico ni qué nada. Acto seguido el profe dijo (parafraseando): "pero cumplo años por estos días, mejor regálenme algo y dependiendo del regalo, la calificación". ¡Oh! A lo que yo contesté (parafraseando): "¡ni madres, yo presento el exámen!".

Saqué 9.5.

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