4 jun. 2010

Chimp Champ Chump!

Nunca he sido amigo de un chimpancé, pero digamos que lo he sido. Y digamos que ese chimpancé era muy talentoso. Tan talentoso que a partir de este momento escribiré su nombre con mayúscula. Chimpancé. O sea, le llamaré Chimpancé. Así se llamaba, qué quieren. Chimpancé quería una banana. Mmmm. Eso es muy poco original, digamos que Chimpancé gustaba del puerco agridulce y lo comía a la menor provocación en un restaurant de comida china que está, supongamos, a un par de cuadras de mi casa. Ahí lo conocí, supongamos, un día que yo fui a comprar comida.

Chimpancé vestía muy mal. No, mejor digamos que vestía muy bien: camisas tipo polo, pantalones de vestir y zapatos. No, eso no es vestir bien. Es una forma horrenda de vestir que se encuentra en un punto ciego entre la falta absoluta de estilo y el exceso de preocupación por el atuendo. Mejor supongamos que iba desnudo. Sí, iba desnudo. Lo conocí desnudo. Tan desnudo como puede estarlo un personaje al que la naturaleza le dicta que ha de ir por el mundo cubierto de pelo. Iba desnudo, Chimpancé. Solamente traía zapatos.

He dicho que Chimpancé era talentoso pero no he dicho cuál era su talento. No lo he dicho porque no se me ha ocurrido. Podemos suponer que interpretaba algún instrumento musical. Sí, interpretaba un instrumento musical. Ahora, ¿cuál es el instrumento musical más apropiado para Chimpancé? La guitarra es bastante improbable. La forma de sus manos no es la mejor. Lo mismo para el piano. Así que supongamos que su instrumento es uno que requiere de menos delicadeza en los detalles manuales: Chimpancé era baterista.

No tocaba en ninguna banda. Él mismo era su propio proyecto musical y no necesitaba de nadie más para expresarse. Chimpancé era todo un artista de los porrazos y los madrazos.

A Chimpancé no le gustaban las drogas. No eran lo suyo: ni el alcohol, ni la mota, ni la coca, ni las pastas, nada. Nada que se metiera con su mente. Tal vez por eso nadie quería juntarse a tocar con él. La versión oficial es, desde luego, la que ya mencioné.

Chimpancé fue quien me regaló aquel misterioso cassette con aquella misteriosa grabación que me llevaría a seguirle la pista, durante años, a aquella misteriosa agrupación de garage girlie punk de principios de los 80 que pusiera a temblar a las buenas conciencias de esta ciudad tan poco fonqui.

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