3 jun. 2010

LDLTLG

(Para leerse mentalmente y en loop durante las Gymnopédies de Erik Satie)

Al despertarse vió su espalda desnuda y su figura delineada por el sol de la mañana.
¿Qué estoy haciendo aquí?
Se preguntaba.
¿Qué es lo que ha pasado?
Se preguntaba.
La recordaba. Recordaba haber acariciado y besado aquella espalda pero todo era tan borroso como borroso era ahora el deseo que lo habría consumido apenas hace unas horas.
Pensaba.
Se levantó, lenta y dolorosamente, y se vistió, lenta y tristemente, y caminó de un lado a otro de la habitación, lenta y gravemente.
La miró.
¿Qué había pasado?
Se preguntaba.
No quería caminar a la puerta porque sabía que la abriría y saldría y no quería abrirla ni salir por el momento.
Y la miró, conmocionado, sabía que, ahí, algo había pasdo.
Pero no lo recordaba.
Su espalda desnuda.
Se volvió a recostar de lado junto a ella. Escuchaba su respiración como si tuviera altavoz, como si gimiera a su oído, como si gritara como lo habría hecho apenas hace unas horas.
La acarició. Tocó su piel. Estaba suave. Un dedo. Dos dedos. Tres dedos hicieron contacto sobre aquella piel suave y blanca y era como tocar a un ángel muerto.
Su mano se escondió bajo la sábana para acariciar aquel contorno elegante y bello, aquella piel fría, suave.
Fría y suave.

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