24 sept. 2010

aquella ciudad huele a pescado crudo, a
una palomita de maíz en medio del cine, a
el perfume de mi primer novia, a
la insoportable canícula carbonífera, que
no nos dejó en paz durante todo el verano
de 2002, ese verano que sonaba a
Thom Yorke añorando ser a prueba de balas
("todo pasará")

[yo veía todo flotar
como flotaban las palabras sobre nosotros
mientras te mordía el cuello
en ese sótano (tétrico)
del que nos corrieron ¿sin razón?]

no me importa el olor esta ciudad
no me importan sus calles (no) empedradas
apenas si me importan los árboles de la Alameda
(me importa que tengas tantas,
tantas ganas de abrazarlos)
y no me importan los exámenes
que tengo que revisar, los libros
que tengo que firmar, y los días
que tengo que recordar y registrar
para hacer de cuenta que existo

[y a final de cuentas siempre se olvidan
las noches que pasé lejos de (la otra) casa, con amigos
que resultaron no serlo, o con novias
que pretendieron no serlo,
sus besos de los que ya no recuerdo
más que su olor a cantimplora vieja]

pero me importan, sí
(y mucho)
los palillos que olvidé en mi casa
(que siempre, dices, debería traer conmigo)
me importan mucho los sábados esperando el camión
(la combi)
para llegar a tiempo
me importa tu mechón sobre tu rostro
las ondulaciones del cabello
el tacto con que lo haces a un lado
(incontrolable)
me importa tu rostro oculto detrás de las hojas
de los árboles
de los libros
de los cuadernos
que abrazabas y leías y escribías
me importan porque eres el punto y aparte
el becuadro, el momento exacto
("Y si no era, lo hicimos.")
eres la yerbabuena flotando en el vaso
todas las posiciones
cada verso sin rima
cada cerro sin cima
la llave de aquel sótano donde rompimos una taza
tu frío
mi calor
y la tibieza

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