14 abr. 2011

Olvídalo todo. Nunca he dicho nada. Nunca he hecho nada. No significo nada. Olvídalo todo.

Todos tenemos un pasado escabroso

Antes de ser grande e inteligente era pequeño y pendejo, por lo que me gustaba el futbol. Por alguna razón creía que ver a 22 tipos corriendo detrás de un balón durante hora y media era emocionante. Y yo, como buen fan pambolero, pensaba que gritarle al televisor servía de algo y me sentía un gran fan por apoyar a la selección de esta manera.

Pasó el tiempo y crecí y descubrí que era mucho más emocionante ver por la ventana de mi cuarto a ver lo que sucedía en mi solitario vecindario en Sabinas, así que cambié el futbol por pasatiempos menos tontos como dormir toda la tarde o acostarme boca arriba en mi cama para aventar y cachar una pelotita que tenía. Fue cuando dejé de gustar del soccer (que seguramente proviene de "sucker", que significa "tonto") que mi gusto por leer se convirtió en una pasión. Lástima, no más tardes enteras frente al televisor, ahora descubriría lo muy grande y lo muy pequeño del Universo leyendo libros.

Pobre de mí.

Pero más pobre de mí si hubiera tenido tiempo de asimilarme más profundamente en esa horrorosa cultura que es la fanaticada del futbol. Pintarse la cara, comprar playeras de equipos que cuestan como si no estuvieran forrados de publicidad gratis, cantar, bailar, tronar cuetes, quemar camiones, golpear porros contrarios... fuck no, gracias.

Es difícil no ser un enajenado pambolero en este país tercermundista en el que nos tocó vivir: patear balones (o lo que sea) y meterlos en una portería es, con todas sus connotaciones freudianas, algo que todo mexicano lleva en su sangre azteca. Olvidando por un momento lo ridículo que es el nacionalismo, el fut es el deporte nacional. Lo cual no estaría mal si como tal se practicara a la menor provocación, tal cual se hace en otros países que son apenas un poquito menos tercermundistas que México, como Brasil. Tampoco estaría mal que la música tradicional mexicana tuviera un poquito de la genialidad de la música tradicional brasileña, pero eso es otro cantar y me voy por la ramas.

Pero la verdad es que en México el futbol se practica sentado frente al televisor en la güevonidad de tu hogar, con una cerveza en la mano y un chicharrín en la otra. O un chicharrín en una mano y un chicharrón en la otra, y la cerveza firmemente colocada en la entrepierna. Y si tienes muchos amigos cheleros y pamboleros (lo cual es muy, muy probable) pues qué mejor, pueden juntarse todos a berrearle al televisor al unísono. No podemos ponernos de acuerdo para sacar al país de la pila de mierda en la que está sumido pero podemos ponernos de acuerdo para gritarle instrucciones a un televisor, como si este le fuera a llevar nuestras instrucciones a los seleccionados nacionales. Como si, finalmente, la selección nacional importara.

Una de las señales de alarma más temibles que enciende la pasión pambolera es el orgullo que el país siente por su selección. Por su patética, mediocre e inútil selección nacional de futbol, un equipo que jamás ha ganado algo que valga la pena, que jamás ha tenido un desempeño siquiera medianamente notable en los mundiales. Nos identificamos con un equipo que podemos calificar, siendo amables, de mediocre tirando a malo.

Way to go, México.

13 abr. 2011

Una frase de Louis CK...

Offending people is a necessary and healthy act. Every time you say something that's offensive to another person you just caused a discussion. You just forced them to have to think.

2 abr. 2011

Nunca pensé que las pesadillas pudieran ser contagiosas. Que un día alguien te diga que ha estado soñando cosas feas y que luego seas tú quien tenga sueños desagradables. Como si fuera una gripa o algo así que se pega por un beso, por compartir el vaso o el páncreas.

El caso es que ella me dijo "he tenido pesadillas". La abracé y en la noche tuve pesadillas yo también. Le llamé por teléfono para contarme y me dijo que ella había soñado algo parecido pero que, a diferencia de en mi sueño, no era un asesino en serie famoso el que nos perseguía a los dos, sino que nosotros éramos una pareja de psicópatas persiguiendo a alguien más a quien asesinábamos al alcanzarlo, para luego abrir su cuerpo y comernos sus entrañas.

No supe qué decirle así que traté de desviar la conversación hacia otras cosas, como mis clases de karate que apenas había empezado una semana antes o las de arpa que ella empezaría el próximo sábado.
Yo tenía ganas de hornearte un pastel. Tenía ganas de limpiar el camino por el que andarías.
Yo tenía ganas de escribir un libro que describiera los músculos de tu rostro.
Pero no tenía ganas de recortar las páginas que sobraban. No tenía ganas de reescribir nada. Quería ser sincero. Contigo. Conmigo.
Hace mucho tiempo que no salimos de nuestros cráneos. ¿Qué necesitamos? ¿Tiempo? ¿Cuánto?
No sé. Quisiera tener dos o tres respuestas. Quisiera ofrecerte el mundo. Quisiera aprender a manejar y ser tu chofer. Quisiera aprender a cantar y ser tu trovador.
¿Quieres despejarte? ¿Quieres respirar? Respira. Despéjate.
¿Quieres estar segura de lo que me dirás?
Puedo desaparecer. Pídemelo.
Puedo aprender a volar. Pídemelo.
Puedo aprender a cantarte canciones. Pídemelo.
No puedo aprender a dejar de tejer sueños ante el dibujo tuyo que tengo detrás de los párpados. Pero si quieres, pídemelo.
Yo tenía ganas de escribirte un par de párrafos que cambiaran el pasado. Pero las palabras no tienen ese poder, las palabras son estériles. Las palabras son únicamente tan fuertes como los hechos que las respaldan
Yo tenía ganas de teclear un punto final. Pero no pude. Tras un punto siempre vendrán otros dos.
No tengo ganas de teclear un punto final.
No puedo decirte que es todo y que colgaré el teléfono y que mi e-mail ya no será el mismo y que mi nombre se borrará de este mar de nombres irreales y reales.
Quiero decirte y no quiero decirte que deberíamos dejar que el viento se llevara las nubes.