2 abr. 2011

Yo tenía ganas de hornearte un pastel. Tenía ganas de limpiar el camino por el que andarías.
Yo tenía ganas de escribir un libro que describiera los músculos de tu rostro.
Pero no tenía ganas de recortar las páginas que sobraban. No tenía ganas de reescribir nada. Quería ser sincero. Contigo. Conmigo.
Hace mucho tiempo que no salimos de nuestros cráneos. ¿Qué necesitamos? ¿Tiempo? ¿Cuánto?
No sé. Quisiera tener dos o tres respuestas. Quisiera ofrecerte el mundo. Quisiera aprender a manejar y ser tu chofer. Quisiera aprender a cantar y ser tu trovador.
¿Quieres despejarte? ¿Quieres respirar? Respira. Despéjate.
¿Quieres estar segura de lo que me dirás?
Puedo desaparecer. Pídemelo.
Puedo aprender a volar. Pídemelo.
Puedo aprender a cantarte canciones. Pídemelo.
No puedo aprender a dejar de tejer sueños ante el dibujo tuyo que tengo detrás de los párpados. Pero si quieres, pídemelo.
Yo tenía ganas de escribirte un par de párrafos que cambiaran el pasado. Pero las palabras no tienen ese poder, las palabras son estériles. Las palabras son únicamente tan fuertes como los hechos que las respaldan
Yo tenía ganas de teclear un punto final. Pero no pude. Tras un punto siempre vendrán otros dos.
No tengo ganas de teclear un punto final.
No puedo decirte que es todo y que colgaré el teléfono y que mi e-mail ya no será el mismo y que mi nombre se borrará de este mar de nombres irreales y reales.
Quiero decirte y no quiero decirte que deberíamos dejar que el viento se llevara las nubes.

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